Santo Tomás de Aquino, el Doctor Angélico

Santo Tomás de Aquino, el Doctor Angélico

Santo Tomás de Aquino nace en el castillo de Roccaseca (Italia) en 1225. Hijo de los condes de Aquino, recibe la primera educación religiosa y científica en la abadía de Montecasino, para pasar después a la universidad de Nápoles. Allí el contacto con fray Juan de San Juliano fue causa de que, a sus dieciséis años, frecuentara la comunidad de los hermanos predicadores.

A los diecinueve años ingresa en la Orden de Predicadores (popularmente conocidos como Dominicos). Sin embargo, siendo novicio, su aristocrática familia lo secuestra y lo pone en calabozo durante seis meses en el castillo de Roccaseca. Posteriormente, los maestros de París no le permiten la docencia en la universidad por su condición de fraile mendicante. Todo esto no le impidió perseverar en su vocación y pertenecer a la Orden de Predicadores.

Por indicación de Fray Juan Teutónico, Maestro de la Orden, termina sus estudios en París y Colonia, bajo la guía de Fray Alberto Magno, quien le convence de la necesidad de profundizar en Aristóteles.

A los 27 años, ya es profesor de la famosísima Universidad de París. Sus clases de teología y filosofía son las más concurridas de la Universidad. El rey San Luis lo estima tanto que lo consulta en todos los asuntos de importancia.

En 1259 el Sumo Pontífice lo llama a Italia y, por siete años, recorre el país predicando y enseñando. Es encargado de dirigir el colegio Pontificio de Roma para jóvenes que se preparan para puestos de importancia especial.

En 4 años escribe su obra más famosa: “La Suma Teológica”, obra portentosa en 14 tomos, donde a base de Sagrada Escritura, de filosofía y teología y doctrina de los santos va explicando las enseñanzas católicas.

La gente se agolpaba para escucharle con gran respeto como a un enviado de Dios. Lloraban de emoción al oírle predicar acerca de la Pasión de Cristo, y se emocionaban de alegría cuando les hablaba de la Resurrección de Jesús y de la Vida Eterna que nos espera.

El Romano Pontífice le encargó que escribiera los himnos para la Fiesta del Cuerpo y Sangre de Cristo, y compuso entonces el Pangelingua, el Tantumergo y varios otros bellísimos cantos de la Eucaristía. Después de haber escrito tratados hermosísimos acerca de Jesús en la Eucaristía, sintió Tomás que Jesús le decía en una visión: “Tomás, has hablado bien de Mí. ¿Qué quieres a cambio?”. Y el santo le respondió: “Señor: lo único que yo quiero es amarte, amarte mucho, y agradarte cada vez más”.

A los 32 años fue maestro de la cátedra de teología de París. En Tomás, la Palabra de Dios en la Escritura tiene la primacía sobre las otras ciencias, y hace de la oración la fuente más fecunda de sus investigaciones. Decía que había aprendido más, arrodillándose delante del crucifijo, que en la lectura de los libros. Su secretario Reginaldo afirmaba que la admirable ciencia de Santo Tomás provenía más de sus oraciones que de su ingenio. Este hombre de Dios rezaba mucho y con gran fervor para que Dios le iluminara y le hiciera conocer las verdades que debía explicar al pueblo.

Igualmente, destaca su humildad, cumpliendo aquel consejo de San Pablo: “consideren superiores a los demás”. Siempre consideraba que los otros eran mejores que él. Aun en las más acaloradas discusiones exponía sus ideas con total calma; jamás se dejó llevar por la cólera aunque los adversarios lo ofendieran fuertemente y nunca se le oyó decir alguna cosa que pudiera ofender a alguno. Su lema en el trato era aquel mandato de Jesús: “Tratad a los demás como deseáis que los demás os traten a vosotros”.

Su devoción por la Virgen María era muy grande. En el margen de sus cuadernos escribía: “Dios te salve María”. Y compuso un tratado acerca del Ave María.

El Sumo Pontífice lo envió al Concilio de Lyon, pero por el camino se sintió mal y fue recibido en el monasterio de los monjes cistercienses de Fosanova. Cuando le llevaron por última vez la Sagrada Comunión exclamó: “Ahora te recibo a Ti, mi Jesús, que pagaste con tu sangre el precio de la redención de mi alma. Todas las enseñanzas que escribí manifiestan mi fe en Jesucristo y mi amor por la Santa Iglesia Católica, de quien me profeso hijo obediente”.

Santo Tomás de Aquino murió en la abadía de Fossanova el 7 de marzo de 1274 a los 49 años. Fue canonizado el 18 de julio de 1323 por Juan XXII. San Pío V, el 11 de abril de 1567, lo declaró Doctor de la Iglesia. León XIII, el 4 de agosto de 1880, lo proclamó patrón de todas las universidades y escuelas católicas. Y sus restos fueron llevados solemnemente a la Catedral de Tolouse un 28 de enero. Por eso se celebra en este día su fiesta.

Por intercesión de Santo Tomás de Aquino, Dios nos conceda humildad, sencillez, oración y amor a la Verdad que es Cristo, Verdad que ahora contempla por toda la Eternidad y que esperamos un día se nos conceda también contemplar a cada uno de nosotros.

 

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